Deben de evangelizar todos los que invocan el nombre de Cristo ya que son sus testigos, elijan serlo o no, porque la reputación de Dios en el mundo está irrevocablemente unida a la reputación de Su pueblo.

Todo lo que decimos y hacemos lleva al honor o al deshonor de Su Nombre. Puede que seamos testigos malos o inconsecuentes pero si decimos que somos cristianos nuestros vecinos y compañeros inevitablemente recibirán cierta impresión acerca de Dios y del Evangelio por lo que ven en nosotros. En este sentido, pues, no podemos escapar de nuestra responsabilidad evangelística, así que todos los testigos en nombre de Cristo deben de evangelizar.

Deben de evangelizar todos los testigos de Cristo

Sin embargo es evidente que cuando el Nuevo Testamento habla de «ser testigos» de Cristo no lo dice sólo en este sentido «pasivo», sino que espera de la iglesia una iniciativa activa en la comunicación del Evangelio. De hecho ésta era la intención de Dios para Su pueblo aún en el Antiguo Testamento (p. ej., leer Isaías 43:10), y la Gran Comisión se puede considerar como la ratificación de la misma intención para el pueblo de Dios bajo el nuevo pacto (Mateo 28:18–20; Marcos 16:15; Lucas 24:45–49; Juan 20:21; Hechos 1:8).

Los apóstoles entendieron que la Gran Comisión atañía obligatoriamente a todos los creyentes y en la iglesia primitiva se daba por supuesto que cada uno evangeliza ría. Es evidente que esta responsabilidad se hace extensiva a los creyentes de todas las épocas por las mismas palabras de Jesús: He aquí yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo (Mateo 28:20).

Los creyentes deben de evangelizar no limitando la promesa del Espíritu Santo a una sola generación ni a un grupo especializado de creyentes, tampoco podemos limitar el mandamiento de testificar. Todos los que han recibido el Espíritu Santo tienen que hablar de Jesucristo, puesto que el Espíritu es dado, entre otros motivos, precisamente para este fin (Hechos 1:8; 2 Timoteo 1:6–8).

Pero además, hay suficientes exhortaciones directas en las Escrituras para dejarnos sin excusa posible si no evangelizamos: 2 Corintios 5:18–21; Colosenses 4:2–6; 2 Timoteo 4:1–5; 1 Pedro 3:14–16 etc.

Romper con nuestra pasividad e indiferencia

Tampoco podemos diluir nuestra responsabilidad pretendiendo testificar pasivamente mediante nuestras vidas y hablar sólo cuando se nos pregunta acerca de nuestra fe, aunque por supuesto nuestra manera de vivir es importantísima como punto de partida de nuestra evangelización. Juan 10:21 nos da el modelo a seguir, Jesús dice: «Como me envió el Padre así también yo os envío» Aquí vemos por un lado nuestra obligación activa en la evangelización (por cuanto somos enviados a comunicar el Evangelio, no solamente llamados a reaccionar cristianamente ante las circunstancias que nos vienen encima), y por otro lado el modo de realizar esta obligación, en el sentido de que Cristo tiene que ser nuestro modelo. Nosotros nos dirigimos pues, a la gente como lo haría Cristo; vamos en su nombre. Esto implica una iniciativa que puede romper con nuestra pasividad e indiferencia.

Hay dos ministerios que deben manifestarse en todo aquel que ha nacido de nuevo: la adoración y el testimonio.
Tanto la evangelización como la alabanza son funciones «sacerdotales» (1 Pedro 2:9) y todo creyente es llamado a ser sacerdote (Apocalipsis 5:10). Incluso hay una relación íntima entre la adoración y la evangelización, porque las dos tienen que ver con una preocupación por la gloria de Dios (Deuteronomio 32:2; Salmos 22:22; 45:17; 96:2–3): tanto la proclamación del Evangelio como el acto de adoración en sí contribuyen al engrandecimiento del nombre de Dios.

Compartir el evangelio es un privilegio

Aunque es cierto que el Espíritu Santo ha dado a algunos cristianos una capacidad especial para ciertas formas de evangelización, debemos comprender que la evangelización es un privilegio que todos hemos heredado porque el vivir por el Evangelio y el testificar para Cristo son consecuencias inevitables de nuestra conversión e incluso la condicionan (Mateo 10:32–33). Como ya hemos visto, es la misma presencia del Espíritu Santo en el creyente por el nuevo nacimiento, la que le capacita para la evangelización; no un don «adicional» que el Espíritu quizá le conceda, quizá no.

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