La Influencia. Una NUEVA época en la experiencia y predicación del Sr. Moody fue marcada a través de su amistad con Henry Moorehouse. La relación hecha en Dublín durante la primera visita a Gran Bretaña parece haber sido casual.

“Había leído papeles sobre ‘El Muchacho Predicador,’ dijo el Sr. Moody al relatar las circunstancias de su encuentro con Moorehouse, “pero no sabía que éste era. Se presentó y me dijo que le gustaría venir a predicar a Chicago. Era un muchacho sin barba—no parecía tener más de diecisiete años—y me dije a mí mismo, ‘No puede predicar.’ Él quería saber en qué barco iba a Norteamérica, puesto que le gustaría ir conmigo. Bueno, pensé que no podía predicar y no le hice saber. No había estado muchas semanas en Chicago y me llegó una carta que decía que había llegado a Norteamérica y que iría a Chicago para predicar por mí si así lo deseaba. Bueno, me senté y escribí una carta muy fría: ‘Si viene al Occidente, pase a verme.’ Pensé que eso sería lo último que escuchase de él. Pronto me llegó otra carta diciendo que todavía estaba en el país, y que vendría a Chicago y que predicaría por mí si lo deseaba. Escribí nuevamente, ‘Si viene al Occidente, pase a visitarme.’ A pocos días me llegó una carta que decía que cierto jueves estaría en Chicago y que predicaría por mí. Entonces no sabía qué hacer con él. Había decidido que no iba a predicar. Iba a estar fuera de la ciudad el jueves y viernes, y se lo dije a algunos líderes de la iglesia, ‘Hay un inglés que va a venir el jueves que quiere predicar. No sé si puede o no.’

“Ellos dijeron que había gran interés en la iglesia, y pensaban que sería mejor que no predique; era un extraño, y podría causar más daño que bien. ‘Bueno,’ dije, ‘podrían probarlo. Le voy a decir que predique el jueves por la noche. Su reunión semanal regular es el viernes. Después de escucharlo pueden anunciar que va a predicar la noche siguiente o pueden efectuar su usual reunión de oración. Si predica bien ambas noches, ustedes anunciarán si predica él o yo en los servicios del domingo. Voy a regresar el sábado.’

“Cuando regresé el sábado por la mañana estaba ansioso por saber cómo lo hizo. Lo primero que le dije a mi esposa cuando llegué a la casa fue, ‘¿Cómo le fue al joven inglés? ¿Le gustó a la gente?’
“‘A ellos les gustó mucho.’
“‘¿Lo escuchaste?’
“‘Sí’

“‘Bueno, ¿te gustó?’
“‘Sí, me gusto mucho. Ha predicado dos sermones del versículo de Juan, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna,” y pienso que te va a gustar, aunque predica un poco diferente a ti.’
“‘¿Cómo es eso?’
“‘Bueno, él le dice a los peores pecadores que Dios les ama.’
“‘Entonces,’ dije, ‘está equivocado.’
“‘Pienso que estarás de acuerdo con él cuando lo escuches,’ dijo ella, ‘porque respalda todo lo que dice con la Biblia.’

“Llegó el domingo y mientras iba a la iglesia noté que todos llevaban su Biblia. El mensaje de la mañana fue para cristianos. Nunca había escuchado algo parecido. Mencionó capítulos y versículos para probar cada declaración que hizo. La iglesia estaba repleta en la noche. ‘Ahora, amados amigos,’ dijo el predicador, ‘vayan por favor al tercer capítulo de Juan, al versículo dieciséis, y encontrarán mi texto.’ Predicó el sermón más extraordinario de ese versículo. No dividió el texto en ‘segundo,’ ‘tercero’ y ‘cuarto;’ simplemente tomó todo el versículo, y luego iba por toda la Biblia desde Génesis a Apocalipsis para probar que en todas las eras Dios amaba al mundo. Dios envió profetas, patriarcas y santos hombres para advertirnos, y luego envió a Su Hijo, y después de matarle, envió al Espíritu Santo. Nunca supe hasta ese momento que Dios nos amaba tanto.  Mi corazón comenzó a derretirse; no podía contener las lágrimas. Era como escuchar noticias de un país remoto: fui absorbido. Lo mismo le sucedió a la congregación. Le digo que hay una cosa que atrae más por encima de todo en este mundo, y eso es el amor. Un hombre que no tiene a nadie que le ame, que no tiene madre, que no tiene esposa, que no tiene hijos, que no tiene hermanos, que no tiene hermanas, pertenece a la clase que comete suicidio.

“Es muy difícil que la gente en Chicago salga un lunes por la noche, pero la gente vino. Trajeron sus Biblias, y Moorehouse comenzó, ‘Amados amigos, vayan por favor al tercer capítulo de Juan, al versículo dieciséis, y encontrarán mi texto,’ y otra vez mostró, desde Génesis a Apocalipsis, que Dios nos amaba. Podía ir a casi cada parte de la Biblia para probarlo. Bueno, pensé que fue mejor que el otro; tocó una nota más alta, y fue dulce para mi alma. Simplemente golpeó esa verdad en mi corazón, y desde entonces nunca lo he dudado. Solía predicar que Dios estaba detrás del pecador con una espada de doble filo lista para cortarlo. He dado por terminado ello. Ahora predico que Dios está detrás del pecador con amor y que éste huye del Dios de amor.

“Llegó el martes por la noche, y pensamos que con seguridad había usado mucho el texto y que tomaría otro, pero dijo: ‘vayan por favor al tercer capítulo de Juan, al versículo dieciséis, y encontrarán mi texto,’ y predicó otra vez de ese texto maravilloso, y esa noche pareció tocar una cuerda aún más alta. ‘Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga’—no va a tenerla cuando muera sino téngala ahora mismo—‘vida eterna.’ Para ese momento comenzamos a creerlo, y desde entonces no lo hemos dudado.

“Seis noches predicó sobre este texto. Vino la séptima noche y subió al púlpito. Todos los ojos estaban sobre él. Dijo, ‘Amados amigos, he estado en busca de un nuevo texto todo el día, pero no puedo encontrar algo tan bueno como lo anterior; entonces regresemos al tercer capítulo de Juan y al versículo dieciséis,’ y fue así que predicó el séptimo sermón de aquellas hermosas palabras, ‘De tal manera amó Dios al mundo.’ Recuerdo el final de ese sermón: ‘Mis amigos,’ dijo, ‘toda la semana he estado tratando de decirles cuánto Dios les ama, pero no puedo hacerlo con esta pobre lengua tartamuda. Si pudiese prestarme la escalera de Jacob, subir hasta el Cielo y pedirle a Gabriel, que se para en la presencia del Todopoderoso, que me diga cuánto amor tiene el Padre por el mundo, todo lo que podría decir sería: “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”’
“Si un hombre sube a ese púlpito y da ese texto hoy, aparece una sonrisa en toda la iglesia.”

El Sr. Moorehouse le enseñó a Moody a sacar su espada totalmente, arrojar la funda y entrar en la batalla con el filo desenvainado.

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