Imputación a la Salvación. Primero vino la luz. Luego el firmamento. Las aguas de arriba fueron dividas de las aguas de abajo. Después Dios iluminó el ejército estelar de la noche–la gran lumbrera para regular el día; la lumbrera menor para regular la noche. Después Dios hizo las estrellas también. Esto fue seguido por los peces del mar al poblar el mundo acuático abajo, y luego siguieron todas las tribus del reino animal, después de lo cual, Dios estuvo preparado para el hombre. El hizo al hombre a Su propia imagen, a la similitud de Dios mismo.

Era maravilloso. Todo árbol que crecía era agradable a los ojos. Los ríos se deslizaban hacia el océano afluyendo mansamente a través de los verdes valles. Cada sonido entretejiese en una hermosa sinfonía y cada escena era algo maravilloso. No había guerra para estremecer el corazón, ni había, tampoco, enfermedad para causar al hombre que temiera a la muerte. La hoja nunca se secaba. El viento nunca rugía. No había escarcha para causar estremecimiento, ni frente humedecida por el sudor, ni palabras profanas que traían una maldición al oído. No había ni calor, ni frío, ni cansancio. No había tempestad que arruinara la flora. El hombre no había aprendido a sollozar y llorar. La rosa no temblaba al frío ni a la helada. El hombre no conocía la culpabilidad, y los coros de aves emplumadas proveían para ellos una maravillosa y melodiosa armonía para su deleite.

¡Sin embargo, algo faltaba! El hombre estaba anhelante, deseoso de un espíritu igual al suyo para compartir con él las bellezas de la bienaventuranza Edénica. No había nadie a quien él pudiera decir: “¿No es hermosa esta rosa?” “¿Puedes notar la fragancia de las gardenias?” “¡Mira que puesta de sol tan maravillosa!” “¿No son las flores hermosas esta mañana?” El estaba hambriento por un espíritu co-igual al suyo, con el cual compartir lo maravilloso del Paraíso.

¡Ahí viene ella, Eva–la satisfacción de Dios para el apetito del hombre, Adán; Dios cumpliendo su deseo, la creación de Dios para su felicidad. ¡Ahí está ella!–vestida con toda la belleza que un ser humano pudiera poseer. Cada gesto estaba lleno de dignidad; la perfección estaba estampada sobre ella. El amor era su fragancia. El Edén fue transformado cuando las estrellas de la mañana cántaron en coro y los hijos de Dios gritaron de gozo.

¡Ahí están, él y ella! El hombre y su ayuda ideal, el hombre y su parte completa. El hombre es ahora uno. Juntos comparten las bellezas del Edén. Miradas de flores cubren el sendero por donde caminan. Los árboles frutales les brindaban sus frutos diariamente. Ellos paseaban a través de jardines que florecían perpetuamente. Ellos no podían definir la tristeza ni el quebranto de corazón, ni el dolor ni la soledad ni la depresión. No vieron un funeral, un hospital, o un accidente. Ellos no conocían la definición de “germen.” Nunca vieron una lágrima, ni una frente surcada por las arrugas, ni unos ojos humedecidos, unos hombros encorvados, ni unos manos pálidas, ni una espalda cansada. No conocieron jamás un oído sordo, un ojo ciego, leucemia, cáncer, o un resfriado malo. ¡Todo era sencillamente maravilloso!

Todo este tiempo el Señor Jesús estaba continuamente gozando de comunión con el Padre. De esto habló El en Juan 17:5 “Ahora pues, Padre, glorifícame tú para contigo con aquella gloria que tuvo contigo antes que el mundo fuese.” Cuatro seres vivientes cantaban sus alabanzas constantemente. El sol obedecía su voz. La luna se postraba a su mandato y las estrellas servían a sus órdenes. El estaba siempre en la presencia del Padre mientras los ángeles le servían, y los planetas en el cielo entonaban sus alabanzas. Multitudes de criaturas celestiales le adoraban. Trompetas sonaban a cada una de sus llegadas, y los sables fulguraban al pasar El por las calles de oro. ¡Que bendición– Unión perfecta en el Cielo y perfecta unión en este otro cielo llamado Tierra! ¡Después, un día, un gemido fue escuchado! ¡Algo había sucedido en la Tierra! La ruina visitó y empañó al mundo. El hombre había escuchado al maligno y la raza humana había caído. Una maldición ha caído sobre el hombre. El está avergonzado. El estaba avergonzado de su desnudez. La mujer ha de tener sus bebés en tristeza y dolor. Los vientos aullarán, la helada producirá escalofríos, las serpientes silbarán y esparcerán veneno mortal. Las rosas, de repente, tienen espinas, y los animales que antes eran mansos se han vuelto feroces y sanguinarios. El árbol ha aprendido a dejar caer sus hojas. El césped aprendió a morir. La rosa aprendió a helar, y el hombre aprendió a morir; pero, lo peor de todo, ¡El hombre ya no puede tener más comunión con su Creador! La justicia de Dios causa que El rompa su comunión con el hombre. La justicia de Dios dijo: “El alma que pecare, esa morirá,” pero la misericordia de Dios dijo: “Desearía que hubiera alguna manera en que yo pudiera tener la comunión con el hombre restaurada.” La justicia de Dios dijo, “…la paga del pecado es muerte.” Mientras que la misericordia de Dios dijo, Yo le amo tanto y le echo tanto de menos…” La justicia de Dios dice, “…y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte. ” Pero la misericordia de Dios dijo: “Por que de tal manera amó Dios al mundo…” ¿Cómo puede, pues, su misericordia y su justicia ser reconocidas? De una sola manera, ¡El príncipe de la corona celestial debe venir a la Tierra! El debe vivir una vida perfecta. El ha de cumplir y completar la ley. Luego El tiene que ir a la cruz y cargar con los pecados de toda la humanidad. El sin pecado ha de convertirse en pecado. El justo ha de convertirse en injusto. Dios ha de convertirse en hombre. La perfección debe acarrear las marcas de la imperfección. La fuerza ha de volverse débil. Aquél que era rico ha de volverse pobre. Todo esto El hace y mucho más.

El va a la matriz de una virgen. El nace en un pesebre en Belén. Camina entre los hombres en la tierra por 33 años. No le dieron ninguna bienvenida. La única puerta abierta fue la de un granero. El nació en un estado ajeno. Comió en mesa ajena, durmió en almohada ajena, navegó en bote ajeno y fue enterrado en la tumba de otro hombre.

Fue al Calvario y se hizo pecado. El Rey de reyes no tuvo trono sino una cruz. No tuvo corona sino una hecha de espinas. El no tuvo cetro sino un bastón prestado, y no tuvo túnica real sino un abrigo de soldado. No tuvo subyugados, sino gente que le escarnecieron. Todo esto fue porque El quiso ser capaz de satisfacer la misericordia y justicia del Padre. El gritó, “¡Consumado es!” Después de haberlo pagado todo. Fue enterrado en una tumba por 72 horas y resucitó de los muertos. Ahora El, puede ofrecer salvación al hombre caído. La justicia y la misericordia se besaron la una a la otra en una amante reconciliación. La comunión (no eucaristía) que el hombre gozó con Dios en el huerto del Edén y que Dios gozó con el hombre en el Paraíso puede ser restaurada si el hombre quiere aceptar el plan de Dios.

Sobre la aceptación del Plan de Dios, Dios imputa al hombre la justicia perfecta de Jesucristo, y Dios, quien no puede tener comunión con la injusticia, ve al hombre vestido en la justicia de Su Hijo amado. Romanos 10:1-4, “Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, mi oración a Dios por Israel, es para salvación. Porque yo 1es doy testirnonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios; Porque e1 fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree.” El hombre no puede hacer méritos para merecer esta justicia, porque ha pecado. La única esperanza que tiene para justicia es que él reciba la justicia de Cristo comprada en la cruz del Calvario, para sí mismo. El hombre tiene su elección propia, confiar su propia justicia y pasar la eternidad en el Infierno, o poner su fe en la justicia de Cristo, la cual en respuesta a su fe le será imputada, y luego pasará la eternidad en el Cielo. Esto es llamado “imputación a la salvación.”

Para entenderlo mejor, tome un pedazo de papel y un lápiz. Escriba su nombre en la parte superior del papel, y después escriba debajo de su nombre algunos de sus pecados. Quizás, usted escribirá: mentiras, odio, envidia, malicia, vindicación, venganza o tal vez, algunos de estos pecados que nosotros llamamos “Malos.” Ahora, algo hay que hacer con estos pecados, o no hay esperanza.

Supongamos que usted decide cesar inmediatamente de estos pecados. Ahí, esto es maravilloso, pero usted tiene todavía los pecados pasados en el papel. ¿No es así? El volver una nueva hoja no hace nada para expiar por sus pecados. Ellos están aún en el papel; ¿no es cierto?

Supongamos que usted decide no solamente volverse de sus pecados, sino que usted decide, desde ahora, hacer obras de justicia. Haga una lista de algunas de ellas debajo de sus pecados –quizá vestir a los desnudos, comprar zapatos a los descalzos, dar de comer al hambriento, ser amable con todos, amar a sus enemigos, etc. Añada sus obras de justicia a la lista. Ahora mire a la parte superior del papel. ¿Están todavía sus pecados allí? Claro todavía está en deuda. La Bíblia dice: “…la paga del pecado es muerte” y nada ha sido hecho para borrar los pecados. Usted añadió justicia. Usted hasta terminó de añadir pecados, pero, mirándole a la cara, está aún esta lista original de pecados, ¡por la cual hay que hacer expiación!

Vamos a suponer que usted se hace miembro de una iglesia. Escriba debajo de la lista de obras de justicia que usted ha hecho. “membresía en la iglesia,” pero, usted notará que sus pecados están aún allí! Usted puede añadir bautismo, puede añadir comunión, puede añadir trabajo de la iglesia, pero la cuenta, está aún sin pagar. Usted aún está en deuda.

“Oh,” dice usted, “ya entiendo. Somos salvos por fe.” Ahora bien, esto es verdad solamente si el objeto de la fe es el objeto apropiado. Fe en que hay un Dios, fe en la deidad, fe en la humanidad, etc. no limpiará la cuenta.

¿Cómo liquidaremos esa cuenta? Escriba al final de la lista “CALVARIO.” Es allí donde Jesús llevó los pecados de usted en su cuerpo y pagó por su pena. Romanos 5:8, “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”

Usted ahora ha confiado en El como Salvador. El, entonces, ha puesto los pecados que están a la cabeza de la lista en su cuenta y El pagó por todos el precio completo. Por TODOS. Por tanto, tache los pecados, ponga una X encima de ellos y la palabra PECADOS. Esto es lo que Jesús hace cuando usted confía en El.

Desde entonces, ya no hay más pecados en su registro. Ahora es usted declarado justo; no por lo que usted hizo o ha hecho, sino por lo que El hizo. Romanos 5:19, “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.” Inmediatamente al aceptar usted a Cristo y al poner su fe y confianza en la obra que El completó en el Calvario, Dios le declara a usted justificado; es decir Dios declara que usted es tan justo como Cristo, porque Cristo se hizo tan injusto como usted. Romanos 3:24, “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.”

La fe suya le permitió a usted recibir, y usted recibió porque creyó. La fe de usted removió la piedra para que Dios pudiera darle todo el “paquete” con todo lo que hay en él.

Ya que la justicia de Cristo le haya sido imputada a usted, es decir aplicada a usted, soluciona o toma cuidado del pasado. Su justicia le ha sido imputada a usted y usted está vestido en Su justicia solamente, pero, ¿Qué hay acerca del futuro? ¿No habrá más pecados? ¿Qué sucederá con ellos? Romanos 4:8 “Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado.”

A una persona que está en Cristo, revestida en Su justicia, Dios no le imputará pecado.

Satanás, el acusador, puede venir a Dios y decirlo: “Dios ¿Has visto el pecado que Hyles cometió?” Dios dice: “Si, lo he visto.” Satanás dice: “Entonces impútaselo.” Dios dice: “¡No voy a imputárselo!” Satanás dice “¿Por qué?” Dios dice: “Esto ya fue imputado. Ha sido puesto en el registro de Mi Hijo, y yo no imputaré pecado a éstos que están en Cristo.”

En resumen, veamos el orden: 1) Pecado. 2) Pecado registrado. 3) Jesús se hizo pecador 4) Jesús pagó por el pecado 5) El hombre cree que es verdad. 6) El hombre recibe a Cristo y su paga por el pecado. 7) El calvario es hecho válido. 8) Los pecados del hombre son cubiertos. 9) El hombre es justificado a los ojos de Dios 10) Dios no le imputará pecado.

La gran cuestión es la cuestión de pecado. Algo debe ser hecho con los pecados del hombre, antes que la comunión o compañerismo con Dios pueda ser establecido. La única manera de resolver la cuestión de pecado es resolver la cuestión del Hijo de Dios. Cuando uno recibe al Hijo, el Hijo recibe su pecado y el pecador recibe justicia de Dios, y está ante Dios, y para siempre, justo, porque está revestido en la justicia de Jesucristo, que ha sido imputada al hombre en respuesta a su fe y su respuesta, positiva o negativa, de recibir a Jesús. FIN

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