La Felicidad Cristiana (El Secreto de Estar Contento)

La Felicidad Cristiana, es una articulo que escribió Jeremiah Burroughs. Él menciona que Pablo escribió que aprendió el secreto de estar contento. Esto lo llamó un secreto, porque es algo que muchas personas nunca llegan a aprender. También le llamó así por la gran dificultad que tienen los no creyentes para entender lo que hace que los creyentes estén felices.

En este capítulo vamos a considerar algunas de las cosas acerca de la felicidad cristiana que pueden ser un enigma.

Perfectamente satisfechos en un sentido e insatisfechos en otro

La felicidad cristiana es un enigma porque incluye estar perfectamente satisfechos en un sentido, y al mismo tiempo estar completamente insatisfechos en otro.

Los creyentes están felices porque saben que Dios está con ellos, pero están infelices si no sienten la presencia de Dios. También les hace infelices acordarse de que son pecadores, porque es el pecado lo que obstaculiza el disfrute de su comunión con Dios. Solamente en el cielo serán libres del pecado y disfrutarán de una comunión ininterrumpida con Dios. Mientras tanto, no pueden estar satisfechos con las cosas que los no creyentes prefieren.

La experiencia del amor de Dios es para ellos más importante que cualquier cosa que este mundo puede ofrecerles. El salmista sintió algo parecido cuando escribió, “¿A quién tengo yo en los cielos? y fuera de Ti nada deseo en la tierra.” (Sal. 73:25) La experiencia de ser amados por Dios ha guardado felices a los creyentes, aún en medio de los problemas más difíciles.

También los creyentes experimentan la paz de Dios “que sobrepasa todo entendimiento.” (Fil. 4:7) Habiendo experimentado esta paz, ya no pueden estar felices sin ella. Los creyentes saben que esta paz es el resultado de la obra del Señor Jesucristo, “el Príncipe de paz.” Experimentan más de esta paz cuando son más obedientes a Cristo.

Por otro lado, los no creyentes desean tener paz, pero no quieren obedecer al Señor Jesús. Los no creyentes deberían fijarse en el hecho de que los creyentes son las personas más felices, más pacífícas y más satisfechas del mundo. Cuando pregunten porqué es así, los creyentes deben responder que es a causa de ser los siervos del Príncipe de paz.

Proviene no del hecho de obtener “más”, sino de desear menos

En segundo lugar, la felicidad cristiana es un enigma al no creyente porque proviene no del hecho de obtener “más”, sino de desear menos. El no creyente piensa que entre más tenga para disfrutar, tendrá más felicidad. Los cristianos saben que esto solo les hará felices momentáneamente. La gente más rica no es necesariamente la gente más feliz.

Los creyentes encuentran que lo que les hace realmente felices es cuando desean solamente las cosas que Dios ha escogido para ellos. Su felicidad no surge del tamaño de su saldo en el banco, sino más bien de su voluntad de estar satisfechos con lo que Dios les da. Una persona que posee muchas cosas pero que desea más, siempre será miserable. Una persona que posee pocas cosas pero que ya no desea más, siempre será feliz.

Por ejemplo, una persona con las piernas cortas, camina mucho más fácilmente que una persona con una pierna larga y otra corta. Esto es una lección importantísima que los creyentes necesitan aprender hoy en día, cuando los no creyentes están deseando y obteniendo cada vez más y más cosas materiales. Los cristianos deberían enseñar a los demás como ser felices deseando menos en vez de buscar más.

Preocupándose acerca de algo diferente

El tercer punto enigmático acerca de la felicidad cristiana es que a veces la manera para ser felices no es dejando de preocuparse, sino más bien preocupándose acerca de algo diferente. Supongamos que estamos infelices acerca de un problema que nos afecta. Nos estamos engañando a nosotros mismos si pensamos que todo lo que nos hace falta para ser felices es que el problema sea quitado. La cosa que realmente nos hace infelices es el pecado. Si fuéramos a preocuparnos más acerca de eso, nuestros otros problemas ya no parecerían tan grandes.

Un pecado en particular que los creyentes son propensos a cometer es olvidarse que todo lo que tienen viene de Dios. Entonces, se olvidan de agradecerle y comienzan a echarle la culpa por las cosas que están sufriendo. Si se acordaran de que Dios siempre les trata mejor de lo que merecen, entonces sería más sencillo ser felices, aún en tiempos de dificultad.

Los problemas no necesitan ser quitados de nosotros para ser felices

Otra cosa acerca de la felicidad cristiana que puede ser un enigma es que los problemas no necesitan ser quitados de nosotros para ser felices. A menudo Dios nos bendice mientras que estamos sufriendo. Pablo escribió: “porque el deseo de la carne es contra el espíritu y el del espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.” (Gal. 5:17)

Esta lucha está ocurriendo todo el tiempo dentro de cada creyente. A veces resulta que un problema nos ayuda a triunfar sobre la naturaleza pecaminosa, y acercarnos más a Dios, y en esta forma el problema se convierte en una bendición.

En quinto lugar, otro enigma sobre la felicidad cristiana es que la felicidad no se logra por desear más u obtener más, sino por hacer más. El creyente se dice a sí mismo: “Dios está detrás de lo que me acontece, y es debido a El que ya no estoy tan feliz como lo estuve antes. Pero no debo quejarme, sino que debo buscar nuevas maneras de servir a Dios y encontrar felicidad en obedecerle”. Los creyentes siempre serán más felices sirviendo a Dios en la situación en que se encuentren, y no afanándose por las cosas que no tienen.

Los creyentes llegan a ser felices, aprendiendo a aceptar la voluntad de Dios

En sexto lugar, otro enigma acerca de la felicidad cristiana es que los creyentes llegan a ser felices, aprendiendo a aceptar la voluntad de Dios, como lo mejor para ellos. Cuando aprenden eso, ya no les preocupa el no obtener exactamente lo que quieren. Ahora son felices con lo que Dios quiere, amando lo que El ama y aborreciendo lo que El aborrece. Ahora dicen: “Dios me ha hecho sabio espiritualmente, me ha hecho santo, me ha enseñado a aceptar su voluntad como lo mejor. Porque El está satisfecho y es glorificado por ello, estoy feliz.”

Podemos resumir estos seis enigmas diciendo que lo que hace al creyente feliz es el hecho de que Dios le está haciendo santo. Cuando Santiago escribió en capítulo 4, versículo 1, “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre nosotros? ¿No es de vuestras pasiones las cuales combaten en vuestros miembros?”, estaba enseñando que la causa de la infelicidad de los creyentes es el pecado en sus vidas. Si pudiéramos acabar con los sentimientos pecaminosos que conducen a la impiedad, seríamos más felices. En pocas palabras, la felicidad verdadera no es el resultado de lo que poseemos, sino del tipo de persona que somos. Este es el gran secreto de la felicidad.

Contentos con cualquier cosa que Dios envía

Ahora, aquellos que son felices en esta manera (felices de dentro porque son piadosos) encuentran que están contentos con cualquier cosa que Dios les envía. Los creyentes saben que todo lo que tienen es el don de Dios: la salud, el hogar, la comida, la ropa, los amigos, la familia, el empleo, las oportunidades y la sana diversión. Cada una de estas cosas son el don de Dios y una manifestación de su amor. Entonces, los creyentes están agradecidos y felices de recibirlas.

Quizás tengan menos que algunos de los no creyentes, pero aprecian más lo que tienen porque saben que es mejor tener poco y ser hijo de Dios, que tener mucho y estar bajo su condenación. Aún más, los creyentes saben que cada manifestación de Dios que reciben es como si fuera un depósito o garantía de que en la vida venidera, Dios les dará todas las cosa buenas que les ha prometido. Todo lo que Dios les ha dado les hace felices, y sirve para recordarles que serán mucho más felices en el cielo.

Consuelo pensando en Jesús

Los creyentes encuentran que cuando sufren reciben más consuelo pensando acerca del Señor Jesús, que lo que jamás recibirían quejándose. Leyendo el Nuevo Testamento y viendo cuanto sufrió el Señor Jesús, saben que el Señor se identifica con ellos cuando sufren, porque El sabe lo que significa sufrir. El Señor Jesús ha experimentado cada tipo de sufrimiento: sufrimiento físico, espiritual, material y emocional.

Por ejemplo, Cristo fue pobre, entonces puede consolar a los creyentes pobres. Fue tratado injustamente, por lo tanto puede consolar a los creyentes que son víctimas de la injusticia. Fue torturado, por lo tanto puede consolar a los creyentes que le pidan fortaleza en sus sufrimientos. El Señor ha prometido, “cuando pases por las aguas Yo seré contigo”. (Isa. 43:2) Los creyentes pueden tener miedo de la muerte, pero son animados cuando piensan en la muerte del Señor Jesús, y especialmente cuando se acuerdan que se levantó de los muertos.

Esta es la única manera en que los creyentes pueden recibir fortaleza cuando sufren. Acuden a Cristo quien tiene el poder para perdonar sus pecados, santificarlos y ayudarles con sus pruebas. Escribiendo a algunos creyentes que se encontraban en medio de pruebas graves, Pablo les dijo que no tenían que depender de sus propios recursos, sino de la fortaleza que Cristo da. Su oración a favor de ellos fue que fuesen “fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria para toda paciencia y longanimidad.” (Col. 1:11)

La máxima felicidad proviene del conocimiento de Dios

Finalmente, los que son felices con el contentamiento cristiano encuentran que la máxima felicidad proviene del conocimiento de Dios. El escritor del libro de Lamentaciones tenía muchos motivos para la depresión, puesto que la ciudad de Jerusalén había sido capturada por sus enemigos y parecía que no podía haber ningún futuro para el pueblo de Dios. Sin embargo, sabía que su única fuente de verdadera felicidad se encontraba solo en Dios, por lo cual escribió: “Mi porción es Jehová, dijo mi alma; por lo tanto en El esperaré.” (Lam. 3:24)

Ya hemos visto que Dios concede a los creyentes todo cuanto poseen. Las cosas que Dios les da traen felicidad, tal como la tubería trae el agua. Pero hay ocasiones cuando el sumistro de agua se suspende, y es necesario sacar el agua directamente del pozo. En una manera semejante, cuando las cosas que Dios nos da se suspenden, tenemos que ir a la fuente de la felicidad; es a saber, Dios mismo. Con el transcurso del tiempo, el creyente descubre en forma creciente que la fuente de felicidad verdadera es Dios mismo.

En el cielo Dios será la única fuente de felicidad. “Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella y el Cordero. Y la ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el cordero es su lumbrera.” (Apo. 21:22–23) Aún aquí en la tierra podemos comenzar a disfrutar esta felicidad que se encuentra solo en Dios.

El Señor Jesús resume las cosas que hemos aprendido en este capítulo diciendo, “El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo ahí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros.” (Luc. 17:20–21) Los creyentes miran hacia adelante al tiempo cuando estarán en el cielo, pero en otro sentido, ya disfrutan del cielo ahora. Habiendo experimentado el sabor del cielo en esta vida, saben que lo disfrutarán en toda su plenitud en el futuro. Mientras tanto, toda la experiencia que tienen de Dios en este tiempo les satisface completamente, porque no tienen ninguna necesidad que Cristo no pueda suplir.

Esta clase de felicidad viene solo cuando hay paz dentro de una persona, como por ejemplo cuando una familia está feliz, hay paz en ese hogar. El no creyente no está en paz y por lo tanto no puede estar feliz, como por ejemplo en una familia donde no hay felicidad debido a que siempre están peleando.

Los creyentes saben que el hecho de que poseen esta paz y esta felicidad en sus corazones indica que disfrutarán de la paz y la felicidad del cielo. Este conocimiento es lo que capacitó a muchos creyentes para morir valientemente en lugar de negar la fe, porque tenían su mirada puesta en cielo. El apóstol Pablo escribió: “Por lo tanto no desmayamos, antes aunque éste nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante, se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea, produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, más las que no se ven son eternas.” (2 Cor. 4:16–18)

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